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PLÁTANOS, MONOS Y SELVA:
EN COSTA RICA TODO ES TURISMO

palabras. Por Franz Smets (dpa)

SAN JOSE (dpa) - Un golpe enérgico con el machete le basta a Ernesto González para cortar la parte superior del plátano después de la cosecha. Levanta un poquito el tronco blando y abajo descubre un diminuto retoño de color verde claro y luego clava el tronco junto con el brote en un hoyo que ha excavado con una pala en el suelo arenoso rojizo. "Dentro de diez meses vamos a cosechar aquí una caja de plátanos", dice González, quien trabaja de capataz en la finca bananera Nogal, en la provincia costarricense de Limón.

En la zona, que debe su fama y, en gran parte, también su nivel de prosperidad a los plátanos, se alinean entre los canales de desagüe millones de de plátanos con sus grandes hojas verdes. La fruta se cosecha durante todo el año y, después de haber sido cortados, los racimos, protegidos por bolsas de plástico azules, inician su viaje por varios kilómetros de líneas transportadoras hacia las instalaciones de limpieza y las empacadoras.

Allí, la fruta verde recibe un tratamiento que le permite aguantar un viaje en barco y camión que dura tres semanas. Durante ese viaje, los plátanos van madurando lo suficientemente para que lleguen amarillos a los supermercados europeos.

A principios de la década de los 90, después del colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro del Berlin, la producción de plátanos en Centroamérica recibió un fuerte impulso, dice David McLaughlin, director ejecutivo de desempeño ambiental y social de la compañía Chiquita, que tiene una fuerte presencia en Costa Rica.

"Como apostamos por la apertura de nuevos mercados en Europa del Este, decidimos aumentar las áreas cultivadas para incrementar la producción", explica McLaughlin. Esta política hizo que se endurecieran aún más las críticas de parte de los ecologistas.

En respuesta a esas críticas, la compañía bananera estadounidense se alió con la organización no gubernamental Rainforest Alliance, que ha establecido reglas para una producción que en la medida de lo posible atienda los reclamos sociales y respete el medio ambiente.

"Es preciso cumplir con al menos el 80 por ciento de esas normas", explica el biólogo Oliver Bach, de origen alemán. El certificado verde que otorga Rainforest Alliance ratifica que los plátanos hayan sido cultivados sin dañar el medio ambiente y acorde con las demandas sociales.

En la región ya no queda mucho espacio para la selva húmeda. Sin embargo, se intenta crear las condiciones para que la selva recupere su presencia. Por ejemplo, actualmente se están uniendo los restos de la selva en el Río Sucio, en la periferia de la plantación bananera, con otras áreas boscosas. Esta labor cuenta con el apoyo de la organización alemana de cooperación al desarrollo GTZ. El objetivo consiste en unir esos remanentes con las selvas húmedas de la Cordillera Central y con el parque nacional situado en ella.

En Nogal, una franja de tierra de 100 metros de ancho fue liberada del cultivo de plátanos y reforestada. La idea es convertir ese terreno en un "corredor biológico" que pueda ser utilizado por los animales para sus desplazamientos.

No sólo en las plantaciones bananeras, sino también en otras zonas de Costa Rica la actividad del hombre ocasiona daños en los restos de la selva húmeda: en las zonas montañosas, hasta una altura de 1.500 metros, la selva ha sido desplazada por plantaciones de café, muchas de ellas creadas y explotadas por familias procedentes de Alemania.

Y últimamente son las interminables plantaciones de piña las que causan una destrucción particularmente grande. En otros lugares, los ganaderos queman la selva para crear nuevos pastos.

En Costa Rica también el turismo ha penetrado en la selva. Se han construido numerosos hoteles en la selva para ofrecer a los turistas la posibilidad de pasar unas vacaciones en medio de la naturaleza.

Sin embargo, esto no es del todo negativo para la selva, ya que los responsables del sector turístico comprenden que esta oferta sólo puede sobrevivir si se conserva la selva. Y es que la selva, en todo su diversidad esplendorosa, es la principal atracción para los turistas.

En el sur del país, en la península de Osa, ya se ha logrado revertir parcialmente la destrucción. Allí, el estadounidense John Louis construyó hace 15 años, no lejos de la frontera con Panamá, el hotel ecológico "Lapa Ríos" en la selva, en la que hasta entonces sólo habían penetrado buscadores de oro, cazadores furtivos y criminales, estos últimos como detenidos de una colonia penitenciaria.

El hotel, que cuenta con las máximas comodidades, fue construido de forma tal que sólo se puede ver el edificio principal cubierto por grandes palmeras. El resto del complejo hasta cierto punto forma parte de la selva húmeda y da una vista sobre el Pacífico y un fiordo tropical adonde llegan ballenas para reproducirse.

La mayoría de los turistas que llegan a "Lapa Ríos", que dirige una firma propiedad del alemán Hans Pfister, son norteamericanos que quieren observar víboras, monos y pájaros, y parejas recién casadas que desean pasar su luna de miel en un medio natural.

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